Cristina Galiano

Placas de vitrocerámica e inducción, pros y contras

Placas de vitrocerámica e inducción pros y contras.

Placas de vitrocerámica.

El calor se obtiene de las resistencias eléctricas que llevan debajo de la superficie de vidrio cerámico. Por ello, tardan más en adquirir la temperatura deseada y requieren más energía pero, en contraposición, se pueden apagar antes de terminar la cocción ya que mantienen la temperatura residual, lo que supone un cierto ahorro energético.

Permiten el uso de cacerolas de cualquier material, incluso antiguas y de barro.

Si cambiáis de repente de cocinar con gas a electricidad, notaréis una gran diferencia a la hora de limpiar las paredes, las encimeras, los armarios y la cocina en general, aunque parezca mentira.

La electricidad no mancha nada en absoluto, mientras que con el gas hay una combustión de éste y sus gases engrasan muchísimo.

Para que estas placas apenas gasten hay que trabajar siempre con ollas o cacerolas con un buen fondo difusor plano que se quede como pegado a la superficie de la placa.

Las placas vitrocerámicas son más económicas y, por tanto, accesibles para todo el mundo.

Placas de inducción.

Son muy cómodas, porque no se calienta más que el recipiente en el que se está cocinando y, por tanto, se reduce el riesgo de quemaduras.

Son muy rápidas con lo que ahorran un 30% de energía, aproximadamente, respecto a las vitrocerámicas tradicionales.

Al no calentarse la superficie, en el caso de que se os caiga algún alimento, éste no se quemará y será más fácil de limpiar.

Se comportan muy mal con las ollas superrápidas que siempre aconsejo y hay que estar continuamente poniéndolas y quitándolas de la fuente de calor. Y, por supuesto, no se os ocurra emplear ollas de barro o cerámica, puesto que requieren un metal para transmitir el calor por electromagnetismo.

Su precio es considerablemente superior al de las vitrocerámicas.

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